Abierta al mundo · fotografía de Bià Pons

Ciutadella

Abierta al mundo

Por Maite Salord

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No podemos elegir el lugar donde nacemos, pero algunos hemos tenido el privilegio de abrir nuestros ojos en este pequeño pueblo, que es como una gran madre. Ciutadella es la protección y es el límite. Es ese ser, quizás vivo, que nos acompaña siempre, allá donde vayamos. Como dijo el poeta griego Kavafis: "Nuevos lugares, no los encontrarás, no encontrarás, no, otros mares. La ciudad, dónde tu vayas, irá".

El corazón de Ciutadella vivió encerrado por las murallas durante muchos siglos. Dentro de este espacio laberíntico hecho de pequeñas plazas, calles estrechas y callejones sombríos repletos de casas blancas, de palacios y de historia, se levanta, imponente, la catedral, donde parece que todo ha de confluir. En invierno, se refleja en las baldosas húmedas en las que resuena el silencio de los días fríos. El reloj en la fachada marca el tiempo que avanza y que antaño sólo acompañaba el sonido de las campanas.

Cerca de la catedral, palpita la ciudadela más heroica, cuya memoria se eleva hacia el cielo en forma de obelisco. Usque ad mortem sustinuimus pro aris et focis, dice la historia, y así hemos querido creerlo. La sangre derramada que debió contrastar con la claridad de un cielo azul en julio. La Plaza del Born, que todavía conserva el nombre del recinto donde los caballeros medievales exhibían sus habilidades. El mirador del puerto, un puerto que es tan solo una fina línea de agua, bella y acogedora, sobre la cual se alza la ciudad.

Pero las murallas cayeron hace mucho tiempo. Ciutadella se ha extendido, con una cierta indiferencia, para poner cimientos en la tierra seca. Núcleos de casas y bloques de pisos se abren paso donde antes sólo había tierra encerrada entre paredes secas; o recorren, con más o menos orden, la línea de la costa. Una ciudad que ha crecido y que también se ha abierto al mundo. La geografía urbana, como dijo el poeta, se ha llenado de lenguas extrañas. Los visitantes se sientan en los escalones de la catedral para comer helado y los palacios se han convertido en bares y en tiendas de souvenirs y de sombrillas. En el puerto, las barcas de los pescadores están ocultas entre los yates de lujo y los turistas que cenan al lado del agua.

Pasado y presente se dan la mano. Ciutadella es pasado y también es presente. El futuro es la lucha constante de cada día. Para seguir siendo la acogedora ciudad que siempre ha sido, sin olvidar nunca, no obstante, quien es y de donde viene.

© Bià Pons

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